Por Carolina Delgado:
El Día de Muertos es la más grande celebración a la vida de la que podemos ser testigos en este país, una fecha en la que explota todo el colorido de esta tierra en el que se conjugan la herencia prehispánica con la creencia católica; una celebración en la que se honra la memoria de los que partieron antes que nosotros y que mantiene viva el recuerdo de nuestros seres queridos.
El Día de Muertos es quizás la festividad mexicana más particular y más difundida a nivel mundial. Al principio, muchos extranjeros no entendemos el sentido de rendirle tributo a la muerte, hasta que nos damos cuenta de que es tributo no a la muerte sino a la vida de quienes ya estuvieron entre nosotros. La creencia es que ese día, nuestros muertos “nos visitan” y los podemos recibir con esta fiesta y guiarlos de regreso al inframundo. El altar tradicional tiene 7 niveles que son los pasos que el alma transita para llegar al descanso eterno y cuyos elementos más importantes son incienso de copal que les muestra el camino, flores de cempasúchil que simboliza la entrada al mundo de los muertos, papel picado que simboliza el viento, sal para purificar al muerto en su viaje, calaveras en símbolo de la muerte misma, agua, tierra y todo lo que sirva para lograr que nuestro difunto se sienta en casa como su bebida preferida, la comida que más disfrutaba en vida y hasta algún cigarro o adorno que le gustaba mucho.
Es una época en la que hay una inmensa oportunidad de disfrutar de los altares, desfiles de catrinas, peregrinaciones y gran cantidad de eventos culturales de todo tipo en todas las delegaciones. Son muy tradicionales los concursos de altares en Xochimilco, las celebraciones en Mixquic y la peregrinación por el Lago de Janitzio, pero seguro tienes algo muy cerca para entender un poco más la colorida cultura de este hermoso país.
